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Entrevista
Carlos Vogeler, director ejecutivo de la OMT: “Las plataformas de alojamientos tienen que competir como el resto”

Según nuestro entrevistado, las plataformas con el modelo de Airbnb deben ser reguladas desde el punto de vista fiscal, de seguridad e higiene y del impacto que producen en las comunidades. Pero, al mismo tiempo, postula que los gobiernos tienen que involucrarlas en el debate de la congestión de los destinos. Respecto a Barcelona, Vogeler dijo que es imperioso encontrar formas de determinar las capacidades de carga para algunas urbes.

La llamada “turismofobia”, ligada en la retina a las imágenes de los atentados en Barcelona, prendió las alarmas tanto en los destinos maduros como en aquellos que se desvelan por tener los visitantes que otros rechazan.

En este diálogo el director ejecutivo de la Organización Mundial del Turismo (OMT), Carlos Vogeler, realiza un diagnóstico de las situaciones de hartazgo que empiezan a observarse en algunos destinos urbanos saturados, pero sobre todo ensaya algunos caminos posibles para dar respuesta al problema.

 

EL FANTASMA DE BARCELONA.

–¿Cómo siguen desde la OMT el conflicto entre el turismo masivo y las comunidades locales de algunas ciudades, como el caso de Barcelona?

–Hace pocas semanas estuve en un lugar donde las autoridades turísticas estaban desesperadamente intentando aumentar los flujos. Me decían: “No entendemos la postura de Barcelona. Deberían estar encantados con tantos visitantes. Que nos los manden a nosotros”. Hace unos años Barcelona también estaba promocionando el destino de manera intensa para aumentar todo lo posible el número de visitantes.

Es cierto que se ha producido una congestión. Los visitantes llegan y se concentran en los mismos lugares y a las mismas horas. Eso está produciendo una cierta disfunción y, sobre todo, una relación compleja entre los residentes y los visitantes.

A eso ha contribuido mucho no sólo el fenómeno de las plataformas digitales que comercializan alojamientos turísticos, sino también el tráfico de cruceros. Con ello no digo que sean algo negativo, de hecho me parece una muy buena primera forma de tener contacto con un destino. Pero lo que ha pasado en el caso de Barcelona es que las cantidades son tales que son difíciles de gestionar.

La clave es una gestión adecuada de las capacidades de carga, tanto en un destino urbano como en uno natural que debe proteger sus recursos naturales. Insisto, es fundamentalmente una cuestión de gestión.

 

–¿Qué rol juegan las plataformas digitales de la llamada “economía colaborativa” en este problema?

–Primero me gustaría aclarar que me niego a llamarlo “economía colaborativa”, porque induce al error de pensar que se trata de una actividad social. Y no es así. A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Cuando hay una transacción económica por algo eso se convierte en un negocio. Y a las plataformas hay que tratarlas como tal. No hay colaboración, ni nada que se comparta.

Dicho esto, considero que pueden tener una aportación interesante a la oferta turística de la ciudad, pero tienen que competir igual que el resto. No digo que deban tener la misma reglamentación que el sector hotelero, pero al menos debe haber una norma que las regule desde el punto de vista fiscal, de seguridad e higiene y del impacto que producen en las comunidades. De manera que se enmarque en una actividad perfectamente tipificada.

 

ORDEN Y PROGRESO.

–¿Cómo pueden convivir en un destino urbano la determinación de una capacidad de carga con el libre ejercicio del negocio turístico? ¿Quién impone…

–¿Quién le pone el cascabel al gato? (se ríe). Estamos evolucionando hacia la gestión de los destinos con organismos mixtos, público-privados. Allí confluyen los intereses de los privados y los políticos, que tienen la responsabilidad del ordenamiento urbano.

Es lo mismo que en un parque natural. En un momento tienen que fijar un límite en su capacidad de acogida, porque más allá de eso estarían infringiendo un daño al activo turístico. En algunas ciudades puede estar sucediendo lo mismo.

Por otra parte, me parece muy positivo educar a la población receptora de una manera positiva hacia el turismo. Porque en algunos destinos encontramos una cierta hostilidad que, a veces, viene propiciada por posicionamientos políticos. Eso es malo. Creo que es importante que la población receptora no esté contaminada políticamente por factores que le hagan rechazar al turista.

 

–Pero una ciudad no se puede cerrar. ¿Cómo se aplicaría?

–La pregunta es interesante, cómo controlamos eso. En un parque natural hay un límite establecido de visitantes por día y cuando se alcanza ese tope se cierran las puertas y no puede entrar nadie más. Hacer eso en una ciudad evidentemente es mucho más complejo. Pero tendremos que buscar fórmulas para cuando –volviendo al caso de Barcelona- desembarcan cinco cruceros y de repente aparecen 30 mil personas en la ciudad y todos van a la Sagrada Familia al mismo tiempo. Habrá que aplicar mecanismos similares a los que implementamos en otros destinos turísticos para que esos flujos puedan ser ordenados, escalonados en diferentes horas de visitas.

Hay ciudades -como Florencia- que hace bastante tiempo ya introdujeron sistemas para regular el tráfico de acceso a sus centros históricos. Es decir, hay fórmulas que los responsables de la gestión del destino pueden manejar. Por eso, observamos que la conformación de órganos mixtos es la que mejor puede responder a esa gestión, que es compleja pero hay que abordar.

 

–Todos los fiscos del mundo están buscando fatigosamente la forma de hacer que las plataformas transnacionales de comercialización paguen impuestos. ¿Cómo pueden hacer jugadores mucho más chicos –como esos entes mixtos de turismo- para ponerlos en caja, si ni siquiera lo pueden hacer los fiscos? ¿Existe algún caso que se pueda citar como ejemplo positivo?

–Sé que muchos gobiernos locales lo que están intentando es que justamente sea Airbnb la que ayude a ordenar la oferta de alguna forma. Que, por otro lado, es una oferta necesaria, interesante y que mucha gente está buscando.

Por otro lado, no nos engañemos. Es una oferta que ha existido siempre. En mi facultad había un tablón de anuncios con personas que alquilaban habitaciones. Lo que ha cambiado es que ese tablón de anuncios ahora lo están viendo en Pekín para viajar a Madrid. Eso antes era imposible y ahora está posibilitado por la plataforma digital, que es la que ha colocado ese producto en el mercado internacional y la que, consecuentemente, también tiene en sus manos la solución del ordenamiento.

Por eso, los gobiernos nacionales, regionales o locales tienen que buscar la forma de tratar el tema con quien verdaderamente tiene en sus manos la solución, que no es otra que la plataforma digital.

 

–¿Cuál es la postura respecto a restringir flujos a partir de tasas e impuestos?

–No creo que la solución esté en la búsqueda de medidas disuasorias, como podría ser aplicar impuestos o cerrar los centros históricos para cobrar una entrada como si fueran un parque natural.

El camino es la gestión ordenada y escalonada de los flujos de visitantes. No desde la discriminación monetaria, sino a partir de la creatividad e innovación en las medidas.

 

–¿Qué propone en concreto la OMT?

–La OMT no es un órgano regulador, sino que somos un organismo de las Naciones Unidas que lo que busca es ayudar a los Estados miembros a encontrar el mejor ordenamiento de la actividad, combinando la sostenibilidad con el crecimiento. Por lo tanto, no podemos entrar en el terreno de dictar normas, establecer manuales o indicadores. Sí podemos hacer estudios que alerten sobre las situaciones y dar consejos de ordenamiento, pero sin dar detalles de cómo se debe llevar a cabo. En definitiva, tampoco hay una receta válida para todos. La problemática de Barcelona no es la misma que la de Dubrovnik, Venecia, París o Londres.

 

EL NUEVO ROL DE LOS EMPRESARIOS.

–¿Perciben que el sector privado se compromete en la búsqueda de soluciones para estos problemas, que ustedes consideran que se resuelven con gestión?

–No se pueden resolver únicamente con el sector público. Yo provengo del sector privado y puedo asegurar que está cambiando mucho. Ya no es el sector privado de antes, que esperaba que la administración pública resolviera todo. Cada vez tiene una conciencia más elevada de la necesidad de su implicación en las soluciones, porque –además– cuando las respuestas vienen del sector público no son necesariamente las mejores. Por eso el complemento público-privado es clave y cada vez más necesario.

 

–Esa complementación sirvió para que el turismo creciera. Ahora cuando lo que está en cuestión es el crecimiento, ¿hay que reconfigurar el formato de esa sinergia, darle marcos distintos?

–Es una observación interesante. Uno puede pensar que como es un negocio, el empresariado quiere crecimiento a cualquier precio. Pero el sector privado que tiene visión y analiza la evolución de los mercados de manera inteligente. Se da cuenta que el turista hoy exige algo nuevo y que la manera de competir eficazmente es con conciencia social y una orientación hacia la sostenibilidad. Uno de los principales operadores mundiales como TUI ha desarrollado un vasto programa para asegurarse que los hoteles que contrata cumplen con una serie de requisitos de sostenibilidad. ¿Lo hace por altruismo y para contribuir a la mejora del ambiente? Quizás, pero por encima de todo porque sabe que eso es un negocio, ya que el turista alemán se lo exige. Y cada vez más turistas de todo el mundo eligen empresas que realmente respondan a esa responsabilidad social. Y al final esto se convierte en un elemento de competitividad.

 
LA OMT en síntesis

La Organización Mundial del Turismo es el organismo de las Naciones Unidos encargado de promover que la industria se desarrolle de manera responsable, sostenible y accesible para todos.

Entre sus miembros figuran 156 países, seis miembros asociados y más de 500 miembros afiliados en representación del sector privado, instituciones de enseñanza, asociaciones de turismo y autoridades oficiales del ramo.

La entidad defiende la aplicación del Código Ético Mundial para el Turismo, tendiente a maximizar la contribución socioeconómica del sector, minimizando a la vez sus posibles impactos negativos. Además, está comprometida a impulsar el turismo como instrumento para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) ideados para reducir la pobreza y fomentar el desarrollo sostenible en el mundo entero.

www2.unwto.org